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Haciendo camino al andar

noviembre 14th, 2017 |
Haciendo camino al andar
TERCER TIEMPO
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Cerca de finalizar un 2017 flaco en alegrías deportivas y además convulsionado desde varios frentes, bien vale un momento de reflexión para nuestro rugby. Mirá la columna de Sebastián Perasso, autor de los libros, “Rugby Didáctico”.

Las opiniones se multiplican, las discusiones toman temperatura y pareciera que la tan ansiada verdad está en manos de todos menos de los actores del rugby argentino. En esa tónica instalada muchos ofrecen soluciones mágicas y caminos salvadores arrogándose verdades absolutas.  

Lo primero que debemos saber es que nuestro modelo de rugby, no es compatible o asimilable con ningún otro. Desde esa afirmación no podemos calcar de manera idéntica la experiencia de otros. Si así fuera, la solución estaría al alcance de la mano. Solo se trataría de copiar modelos exitosos en el mundo del rugby.

Tomar de cada uno aquello que ha resultado valioso es enriquecerse de la experiencia ajena, pero sabiendo que recorremos un sendero distinto, un camino único que no tiene parangón con otros países con tradiciones de rugby.
Un dato tajante. Estamos en los confines del mundo y no hay competencia de calidad a menos de siete mil kilómetros de nuestra tierra.
Frente a escenarios desconocidos y caminos vírgenes que debemos transitar nos debe abrazar una certeza. Contamos con fortalezas que tenemos la obligación conservar y preservar inalterable.

En primer lugar el modelo de clubes en argentina es impecable en todo sentido y digno de imitar.
Me animo a decir que no hay en otro país rugbístico un formato de clubes amateurs con la salud, categoría y fortaleza como en la Argentina.

Clubes centenarios con mucha vida social, con tradiciones añejas, que aportan a la comunidad desde distintos lugares, y que son una constante usina de valores y además fuente de grandes jugadores con indudable espíritu amateur. Ello debemos valorarlo y cuidarlo como algo sagrado de nuestro rugby.

Por otra parte, un fanatismo de su gente que moviliza y genera un efecto contagio en los demás. La iniciativa, impulso y pasión que tiene el hombre de rugby hace que esas haches se diseminen como regadero de pólvora a lo largo y ancho del país. Las ganas de hacer y transformar utilizando una pelota ovalada como herramienta de cambio son dignas de destacar.    

Por último, la nobleza de nuestros jugadores. Jugadores que surgen de un campo amateur y de una atmosfera propicia para el aprendizaje y la incorporación de valores como el espíritu de sacrificio y el trabajo en equipo a mas de respeto, generosidad y tantos otros.

Nuestros jugadores saben de dificultades porque se han forjado en la adversidad y cuentan con una identificación y pertenencia que son esenciales para moldear equipos con agallas y carácter.

Esa base es intocable y debemos poner toda nuestra energía en conservarla inalterable porque si esa estructura se resiente, todo nuestro rugby corre peligro de perder sus banderas y desmoronarse.

Para nuestro Pumas y todo el rugby argentino, las situaciones ideales nunca han existido y aún hoy, con un mayor poder económico de nuestra unión madre y con jugadores profesionales, tampoco existen.

Decía Pierre Villepreaux que “la verdad de hoy no será obligatoriamente la verdad de mañana.” Aquel entrenador francés resumía en una frase los grandes cambios y transformaciones de nuestro juego, tanto dentro como fuera de la cancha.

Dentro de ese contexto, recorremos un sendero nunca antes transitado y por lo tanto desconocido. En ese camino aún virgen, muchas experiencias nos enseñan el sendero a través de “prueba y error”.

Hay que decirlo. Transitar en territorios desconocidos implica tener la seguridad de que tarde o temprano seguiremos equivocándonos.
Por ello, toda cuestión entorno al rugby y sus protagonistas deberíamos envolverla dentro de un espeso manto de serenidad y tolerancia. Nos estamos haciendo camino al andar. Y el aprendizaje en esta etapa es esencial.

Alguien dijo alguna vez que lo importante no es la experiencia sino las conclusiones que sacamos a partir de nuestra experiencia. De lo contrario, estaríamos condenados a repetir errores y tropezar siempre con la misma piedra. Allí radica la clave de ese proceso.

Todos los aciertos o desatinos, hazañas o derrotas, enseñanzas u errores, debemos capitalizarla en forma positiva porque sin duda nos van a indicar el verdadero camino que debemos transitar.

Por Sebastián Perasso

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